Cuando te respetas, te respetan



No he conocido a alguien que en algún momento de su vida no se haya sentido triste o molesto por pensar que los demás no le brindan el respeto que merece. Yo misma he estado muchas veces en ese lugar. Quejándome de que no respetan mi tiempo, de que no respetan mi trabajo, de que no respetan mi persona... Pero también muchas veces manteniéndome en silencio y teniendo conversaciones conmigo misma, en mi cabeza, sobre lo que me gustaría decirle a los demás, sin que esas frases jamás salieran de mi boca.


Ante una situación así, me parece que las opciones no son muchas: o lo acepto (que muchas veces, más que aceptación es resignación) o busco que el otro cambie o yo cambio.


La primera opción, aunque quizá ayude a aminorar las molestias, nos sigue dejando con la sensación de insatisfacción y quizá tristeza porque creemos que los demás no nos dan el lugar que nos corresponde. Aunque puede ser que llegue a una aceptación completa de que el otro no tiene porque respetarme, muchas veces se vuelve más un proceso de resignación en el que yo simplemente, con tristeza, me doy cuenta que el otro no va a respetarme. Porque en realidad no se trata del otro "no respetándome" sino de mi no dándome el lugar que deseo que los demás me den.


La segunda, es una alternativa en la cual, realmente el que el otro cambie se encuentra fuera de mi control y me sigue dejando a merced de los demás, es decir, que nuestro estado emocional depende de lo que el otro haga o diga. Realmente no puedo cambiar a nadie ni puedo lograr que alguien actúe tal cual como yo deseo. No soy responsable de él, sin embargo sí soy y puedo hacerme responsable de mí.


Nuestra tercera opción sugiere que seamos nosotros los que cambiemos. Una alternativa que me parece mucho más viable porque sí podemos aprender a reinterpretar lo que hacen los demás, así como también podemos aprender a gestionar mejor nuestra emociones y a responder de forma diferente ante los estímulos externos. Y más importante aún...podemos aprender a comunicarnos de una forma más asertiva.


El mundo en el que vivimos no nos enseña mucho sobre responsabilidad. Mas bien, el mensaje que se nos ha ido transmitiendo de generación en generación es que muchas veces somos "víctimas de las circunstancias". Que las cosas "nos pasan". Y que cómo nos traten depende mucho más de los demás que de nosotros mismos. Nada mas alejado de la realidad... Los demás nos tratan no sólo en función de cómo se los permitimos, sino en función de cómo nos tratamos a nosotros mismos.


El trato hacia nosotros mismos es el que marca la pauta sobre nuestras interacciones en el día a día, tanto en relaciones íntimas, como en relaciones más casuales, porque nos ayuda a marcar el estándar de lo que estamos dispuestos a aceptar y lo que no. Es curioso como anhelamos que los demás nos respeten y nos den nuestro lugar, cuando somos nosotros los primeros que nos faltamos al respeto y nos anulamos.


La primera acción esencial que omitimos, es la de reconocer nuestras necesidades. Queremos que los demás las satisfagan y muchas veces ni siquiera podemos admitirnos a nosotros mismos o incluso, reconocer lo que necesitamos. Y si no tenemos una idea clara de aquello que es esencial para nosotros, para con nosotros, mucho menos podemos comunicarlo a los demás. En otras tantas ocasiones, podemos reconocer lo que necesitamos, pero es el otro quien debería saberlo sin que yo se lo diga y menos se lo pida.

Nadie nace siendo adivino, y no es responsabilidad del otro atender a mis necesidades, sino mía expresarlas: primero a mí misma, y después a los demás. Expresar mi necesidad no me vuelve vulnerable o necesitado, sino una persona emocionalmente inteligente, capaz de atenderse así misma. Y ese es un acto de amor hacia nosotros muy grande.


En segunda instancia, muchas veces nos cuesta reconocer y admitir lo que deseamos. Una cosa es lo que yo necesito y otra cosa es lo que deseo. Entre tanto ruido exterior cada vez se hace más difícil escuchar nuestra auténtica voz y reconocer lo que en verdad anhelamos. ¿Qué quiero? ¿Qué es lo que en verdad quiero? Es una de las preguntas más complejas de responder porque involucra anular las voces del exterior para poder ser capaz de escuchar la propia. Cuando sabemos lo que necesitamos y también sabemos lo que deseamos estamos más cerca de conducirnos satisfactoriamente por la vida.


El siguiente paso es ser capaces de verbalizar y comunicar apropiadamente nuestras necesidades y deseos. Expresarlo es esencial para que los otros sepan cómo dirigirse hacia nosotros, sin embargo, no es el único paso. Nos han insistido y educado para ser prudentes, sin embargo la prudencia también involucra que me reconozca, me dé mi lugar y haga sonar mi voz cuando necesito o deseo expresar algo. No decir lo que deseamos merma nuestra autoestima y la debilita, haciéndonos sentir incapaces de atendernos y reduciendo nuestro sentido de confianza en nosotros mismos, así como nuestra valía.


Más crucial aún, es que seamos nosotros los primeros en atender a esas necesidades y a esos deseos que reconocemos tener, porque eso nos ayuda a marcar el estándar de cómo vamos a permitir a los demás se relacionen con nosotros. Los demás no nos tratan tanto en función de lo que decimos, sino de lo que hacemos y permitimos. Si deseamos ser tratados con respeto, lo primero que debemos hacer es respetarnos a nosotros mismos y eso significa atender a nuestros deseos y necesidades al igual que marcar los limites pertinentes de lo que aceptaremos y no aceptaremos. Decir, hacer, cumplir nuestra palabra...Y esto es parte vital de ejercer nuestra autoafirmación, de ejercer nuestro derecho a existir. Porque para que los demás nos respeten, primero hay que respetarnos a nosotros mismos. No es nuestra responsabilidad cómo reaccione o como lo tome el otro, siempre y cuando nuestra intención pura sea de la expresarnos y lo hagamos de forma asertiva (clara, específica y respetuosamente). No hay necesidad de levantar la voz o de ser groseros, podemos expresar lo que deseamos a través de palabras o acciones, de forma respetuosa y a la vez contundente. Con el tiempo veremos que duele más sentirnos insatisfechos con nosotros mismos, que el que alguien más se moleste por lo que dijimos o hicimos.

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